Crashdïet en Madrid: cuando las canciones salvan a la banda

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De ese pequeño grupo de personas que a base de recomendaciones y objeciones con las que suelo congeniar se han ganado mi criterio, recibí opiniones tibias sobre el directo de Crashdiet. Comentarios buenos y comentarios malos. Cuando di razones para acudir a disfrutar de su paso por el estado español, me centré en recalcar los aspectos que de por sí intuía seguros y atractivos. Antes de hablar de los malos, les di el beneficio de la duda, y como no me gusta crítica sin conocer, me guardé para esta crónica de Crashdiet en Madrid las objeciones menos favorecedoras para con la banda.

El mini-festival sleazy daba comienzo a temprana hora para un martes, abriendo puertas la sala Caracol a las 19:00. El horario laboral me impidió presenciar el show de Fallen Mafia, así como la mayor parte del repertorio de Sleekstain. De estos últimos puedo juzgar poco más de un par de canciones, las cuales me hicieron percibir al grupo como banda joven llena de ganas y con estilo poco original. Algunas poses de su frontman y aires guitarreros que podrían recordar a Skid Row o Mötley Crüe -influencia presente durante toda la velada- ayudaron a calentar ambiente en una Sala Caracol en la que apenas había gente. Una fecha tan complicada como la hora para la asistencia de trabajadores, aunque todo sea dicho, según esta el mercado laboral español, me extraña.

De Sister ya sabía que esperar. El grupo ofreció un show bastante fugaz e intenso en una pasada edición del Sonisphere madrileño que me ayudó a vaticinar cuanto ganarían en sala. Pues bien, el grupo irrumpió cual huracán en el escenario de la Sala Cracol, con una estética mezcla de los Motley del Shout At The Devil y la serie B de The Misfits, una indumentaria muy vistosa. Bajista y vocalista no paraban de posar, moverse incesantemente e interpretar sus canciones demostrando que horas de ensayo no les faltan. Su guitarrista se mostró mucho más estático y contrariamente a su actitud, desentonaba tanto como sus compañeros. El sonido, como es habitual en Caracol -que se encuentra en plena recuperación de su cierre- era potente y poco embarullado, si bien la presencia del bajo era un tanto desmedida, éste no impedía disfrutar de las canciones.

imagen 1Lo cierto es que el agresivo sleazy de Sister, algo más duro que el de Hardcore Superstar, se hace repetitivo a partir de la media hora de concierto. Culpa de los excesivos graves o de la naturaleza de las propias composiciones, el concierto se hizo repetitivo en varios tramos, siendo el espectáculo de los músicos lo que en todo momento nos salvó del aburrimiento. Me sobraron escupitajos hacia el público -no soy yo de los que lo disfrutan, que los habrá- pero por lo demás, da gusto ver a una banda tan entregada, uno frontman que no para de animar al público y a un público que se deja llevar por sus poses, imagen imponente y algunos de sus temas más coreables como “Spit On Me” o “Hated” cuyos estribillos se memorizaban a la segunda.

El combo se despedía con Jamie presentando a sus compañeros en un exagerado amasijo de guitarrazos, doble bombo y el colmo de las poses, que tras casi una hora de concierto, resultó un tanto excesivo; y con todo, resultó una buena apertura para los protagonistas de la noche, Crashdiet, la banda cuya pequeña campaña publicitaria nombra como los salvadores del sleazy más a menudo de lo que debería. A las 22:00 daban las buenas noches al público madrileño embutidos en ropajes exagerados y coloridos, con un Simon Cruz al frente acaparando la totalidad de las miradas. Su cresta azul era la protagonista de toda la abundancia estética del grupo, pero por desgracia, he de decir que su estado de forma como músicos no está a la altura.

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Abrieron con dos temas de su último álbum, “Change The World” y “Circus” -bien elegidas-. Algo raro se intuía ya en la guitarra de Martin Sweet, cuyo sonido espeso y saturado desconcertaba. Una bola sonora entre la que distinguir riffs se hacía complicado. Lo achaqué al sonido. La base rítmica funcionaba bien, y Simon -sin guitarra en mano- se movía al frente del escenario soltando algún que otro “gallo” desde el principio en las partes más complicadas de sus líneas. Los estribillos de Crashdiet son coreables hasta el exceso, y el público que cubría aproximadamente la mitad del aforo hacía lo propio. “Tikket”, rescatada de su primer álbum y “So Alive” de *Generation Wild” levantaron hasta arriba el ánimo de los presentes, ya entregados completamente al grupo, quienes en este momento ya disfrutaba de un nítido sonido. Entonces los problemas se evidenciaron, y es que ni la voz de Simon estaba al 100%, ni los coros sonaban como es debido.

A Martin Sweet le fallaban los dedos en un solo de cada dos, y al estar Simon libre de guitarra en casi todas las canciones, una sensación de desnudez envolvía canciones como “Chemical” cuando a Sweet le llegaba el turno de los solos. Sin embargo, a la banda le salva lo divertido de las canciones, los estribillos que nos encanta corear con un grupo de imagen imponente sobre el escenario y un tipo que se contonea agresivamente al frente, aunque sufriéramos al imaginarnos en su piel a cada alarido. El show continuaba a buen ritmo, incluída una emotiva dedicación a su recientemente fallecido manager antes de interpretar “California”, y de repente, llegó “Garden Of Babylon” y comenzaron los bostezos.

Una canción de siete minutos no cuadra en el repertorio de un grupo como Crashdïet, pero la banda decidió incluirla en el setlist, interpretarla con lo que supongo debería haber sido un buen espectáculo de luces, y las consecuencias se hicieron palpables: bostezos por doquier y gran parte del público sumergido en sus propias conversaciones. Recuerdo pensar “a ver si son capaces de levantar esto…”, y tras un breve descanso, el grupo volvió para tocar dos de sus clásicos, la tremenda “Breakin’ The Chainz” y la pegadiza “Riot In Everyone”. De nuevo, les salvaron sus grandes canciones, y a pesar de sus fallos interpretativos, uno conseguía pasárselo bien coreando estribillos brazo en alto.

IMG 2La recta final pasó volando entre el divertidísimo estribillo de “Queen Obscene/69 Shots” tras la primera despedida, su hímnico “Generation Wild” y su nuevo clásico “Cocaine Cowboys”, llegando por los pelos a los 80 minutos de concierto. Daba apuro pedir más tras comprobar lo vocalmente exhausto que se encontraba Simon, quien en una buena muestra de dotes de showman se lanzó al público. Sin duda, les faltan no tablas, sino progreso como músicos, sobre todo a Sweet que no completa una canción sin cometer algún fallo. Simon tampoco aguanta sin problemas un concierto completo, y en general, es una verdadera pena que no defiendan sus canciones como estas merecen. Si no fueran tan disfrutables y los fans no se las supieran tan bien, el concierto se habría hundido desde bien temprano. Y aún así, sus aspectos negativos impiden convertir citas como esta en algo memorable.

Fuente: (Cuchara Sónica)

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